viernes, 12 de febrero de 2010

II

La Soñada fue hace tiempo una de las estancias más importantes de la provincia de Buenos Aires. Ahora es sólo un campo que debido a sus dimensiones, no más de 60 hectáreas, no sirve para ningún tipo de explotación económica. Pero es maravilloso poder disfrutarla.

Lo que antes fuera el casco de la estancia es ahora la casa de Lucía. Estilo colonial español. Una amplia galería con columnas abrazadas por rosales rodea la casa. Blanco, las paredes internas y externas son puramente blancas, pisos de madera, grandes puertas, techos altos. El hogar a la leña que domina todo el living comedor es uno de los lugares especialmente fascinantes para mí.

Amplia cocina–comedor diario. Un escritorio casi tan grande como mi departamento de dos ambientes, con bibliotecas de pared a pared, del piso al techo, con esas ridículas pero funcionales escaleras con rueditas.

En la planta alta están los dormitorios, el principal en suite con balcón terraza, el de los chicos también en suite, y dos habitaciones para visitas comunicadas por un baño.

Los jardines, eternamente verdes más allá de la época del año, se pierden en la arboleda que a la distancia rodea el lugar. Cancha de tenis. Pileta casi olímpica. Y más allá de la arboleda las caballerizas, las casas de los peones y al fondo, la laguna.

Definitivamente, es un lugar que hace honor a su nombre. Es realmente soñado. Aunque semejante “perfección” siempre me pareció un poco siniestra. Cada vez que tenía esa sensación la aducía a un dejo de envidia ante una vida tanto más distendida que la mía, soñada… para mí, pero real para mi amiga Lucía.

¿Qué nos deparará este fin de semana? Tal vez sea menos grave de lo que imaginamos, si es que acaso nos imaginamos algo.

Seguimos en el auto en silencio, escuchando una radio indefinida que pasa sólo música melódica y ninguna noticia salvo la hora y la temperatura.

Finalmente llegamos, la tranquera cerrada y el cartel de La Soñada frente nuestro, nadie se mueve ni baja del auto. Si bien la negación no es nuestro estilo, en el fondo ninguna quiere saber realmente qué pasó o está pasando. Otra vez el miedo. Y este es sólo el comienzo.

Ahí viene José en su petiso alazán, siempre atento, con su vasto bigote, su boina, bombachas y alpargatas negras. Pañuelo rojo al cuello. Un verdadero paisano. Callado, correcto, con una sonrisa pícara que invita a la fantasía. Nos abre la tranquera y cuando paso a su lado, bajo la ventanilla para saludarlo esperando el acostumbrado cabeceo que es su forma de decir “hola” cuando sorpresivamente se saca la boina y me dice:

- Doña Malena, la señora salió, pidió que por favor la esperen. El almuerzo va a estar listo en un rato. La Negra está en la casa grande para ayudarlas a acomodarse.

No sé por qué pero instintivamente me bajo del auto, él de su caballo y agrega casi en un susurro:

- Usted no diga nada pero estoy preocupado, la señora no está nada bien.

Fantástico, pienso. Les pido a las chicas que alguna de ellas entre el auto y me voy caminando en silencio con José hacia la casa grande, como él la llama. Rodeados de perros, con el alazán detrás nuestro, el caserón delante y esos jardines maravillosos enmarcándolo todo. Olor a pasto recién cortado; uno de los aromas que más amo porque me recuerda a mi niñez en el campo de mi padre, a esos años felices, seguros, tranquilos donde la mayor preocupación del día era decidir a qué jugaba. La arboleda meciéndose con el viento. No quiero llegar a la casa, así que me voy con José a donde están preparando el asado. Y ahí me quedo, tomando mate en silencio, añorando mi infancia, evocando a mi padre y haciéndome una panzada de olores, aromas, sonidos y recuerdos, hasta que se hace la hora de comer.

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Texto: Laura Ramírez Vides