La Soñada fue hace tiempo una de las estancias más importantes de la provincia de Buenos Aires. Ahora es sólo un campo que debido a sus dimensiones, no más de
Lo que antes fuera el casco de la estancia es ahora la casa de Lucía. Estilo colonial español. Una amplia galería con columnas abrazadas por rosales rodea
Amplia cocina–comedor diario. Un escritorio casi tan grande como mi departamento de dos ambientes, con bibliotecas de pared a pared, del piso al techo, con esas ridículas pero funcionales escaleras con rueditas.
En la planta alta están los dormitorios, el principal en suite con balcón terraza, el de los chicos también en suite, y dos habitaciones para visitas comunicadas por un baño.
Los jardines, eternamente verdes más allá de la época del año, se pierden en la arboleda que a la distancia rodea el lugar. Cancha de tenis. Pileta casi olímpica. Y más allá de la arboleda las caballerizas, las casas de los peones y al fondo, la laguna.
Definitivamente, es un lugar que hace honor a su nombre. Es realmente soñado. Aunque semejante “perfección” siempre me pareció un poco siniestra. Cada vez que tenía esa sensación la aducía a un dejo de envidia ante una vida tanto más distendida que la mía, soñada… para mí, pero real para mi amiga Lucía.
¿Qué nos deparará este fin de semana? Tal vez sea menos grave de lo que imaginamos, si es que acaso nos imaginamos algo.
Seguimos en el auto en silencio, escuchando una radio indefinida que pasa sólo música melódica y ninguna noticia salvo la hora y la temperatura.
Finalmente llegamos, la tranquera cerrada y el cartel de La Soñada frente nuestro, nadie se mueve ni baja del auto. Si bien la negación no es nuestro estilo, en el fondo ninguna quiere saber realmente qué pasó o está pasando. Otra vez el miedo. Y este es sólo el comienzo.
Ahí viene José en su petiso alazán, siempre atento, con su vasto bigote, su boina, bombachas y alpargatas negras. Pañuelo rojo al cuello. Un verdadero paisano. Callado, correcto, con una sonrisa pícara que invita a
- Doña Malena, la señora salió, pidió que por favor
No sé por qué pero instintivamente me bajo del auto, él de su caballo y agrega casi en un susurro:
- Usted no diga nada pero estoy preocupado, la señora no está nada bien.
Fantástico, pienso. Les pido a las chicas que alguna de ellas entre el auto y me voy caminando en silencio con José hacia la casa grande, como él
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Texto: Laura Ramírez Vides



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sigo leyendo...
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