lunes, 1 de marzo de 2010

IV

Vuelven a golpear a la puerta. Con Agustina, más allá de cuál sea el juego, siempre pierdo; y obviamente hoy no iba a ser la excepción, no tenía por qué serlo.

Tomo aire bien profundo. Me acerco a la puerta. Las miro a las tres y finalmente abro. José, blanco como el papel, temblando con la boina en la mano y este hombre corpulento a su lado.

- Doña Malena, le presento al señor Enrique. Necesita hablar con ustedes. Yo tengo muchas cosas que hacer. Los dejo.

Y nos dejó nomás. Ahí, parado este señor Enrique, alto, corpulento, grandote; podía sospecharse un cuerpo musculoso, muy trabajado. Gesto adusto, cara seria, impone… miedo más que respeto. Ojos oscuros, tez muy blanca, pelo corto azabache y bigotes prolijamente recortados. Esa clase de hombre que uno preferiría no conocer en toda la vida. El pasado de una nación marca a sus habitantes, dicen. No sé si es cierto, pero lo que sí sé es que cuando miro en esos ojos negros, las imágenes que pueblan mi mente y las sensaciones que embargan mi cuerpo no sólo no me gustan sino que son por demás desagradables.

Vidente. Sí, esa es mi habilidad de bruja. No siempre, no todo el tiempo. Veo cosas que otros no, o escucho no lo que la gente dice sino lo que en realidad piensa; clarividencia y clariaudiencia. No es fácil.

Instintivamente pido ayuda a todos los ángeles que estén disponibles. Sí, también creo en los ángeles. De ninguna manera quiero que entre en nuestro cuarto. Y si es por mi pedido de auxilio o porque él ya lo tenía decidido, no lo sé, pero gracias a quien corresponda este señor rompiendo el silencio dice:

- Las espero en el living. Por favor, traten de calmarse y bajen pronto. Tenemos que hablar.

Cierro la puerta. Mercedes se larga a llorar. Rosario tiembla como una hoja. Agustina empieza a reírse a carcajadas. Apoyada mi espalda contra la puerta me deslizo hasta terminar sentada en el suelo. No sé cuánto tiempo estuve así ni sé cómo fue que de repente Mercedes y Rosario se habían duchado y tranquilizado y Agustina está acariciándome el pelo mientras dice:

- Malena, dale… volvé, tenemos que bajar. Vinimos, no hay vuelta atrás. Estamos acá así que hay que enfrentar esto de una buena vez. Sea lo que fuere.

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Texto: Laura Ramírez Vides