- ¡¡¡La mesa esta servida!!!
Actriz tenía que ser. No puede simplemente gritar “a comer”. Y no.
La Negra me saluda tímida y cariñosa como siempre. La casa está hermosa y cuidada como de costumbre pero el silencio nos está matando a todas. Silencio que es interrumpido por los retos de Mercedes:
- Claro. Siempre hacés lo mismo. Desaparecés sin decir a donde vas y nos dejás solas. Claro, cuanto está listo el almuerzo venís. Pero no es justo que nosotras arreglemos todas tus cosas. Así que les dije a las chicas y especialmente a la Negra que dejara tu bolso en el pasillo y que vos te arregles. Ya sos grande y deberías ser más considerada. Todas estamos nerviosas y confundidas. Así que lo mejor es que nos acompañemos y nos mantengamos juntas.
- Sí, mami, murmuro.
Comentario que a las chicas les causa gracia pero a Mercedes no. Y sigue protestando un buen rato más hasta que la interrumpo en el mejor tono que puedo o me sale:
- Perdón, ¿ya terminaste con tu ataque de madre nuestro de cada día? Porque no sé vos, pero yo tengo hambre y el asado se enfría.
La mesa esté puesta en la galería grande frente al ventanal del living. Desde allí se ve claramente la pileta y a la izquierda se sospecha la cancha de tenis. Antes de que se retire, después de asegurarse que no nos falte nada, como al pasar le pregunto a la Negra por los chicos. Con una extraña expresión en la cara contesta secamente “no están” y desaparece antes de que alguna de nosotras pueda hacer algún comentario.
Los chicos… Javier y Francisco. Dos galancitos adorables. Tienen once y nueve años. Super educados, chicos divertidos, vagos, dulces. Es un placer tenerlos cerca. A mí me encanta charlar con ellos, inventar juegos; nos reímos tanto juntos…
El asado está riquísimo, es un claro día de sol, la arboleda ya empieza a teñirse de distintos colores, ocres, marrones, amarillos mostrando la llegada del otoño. Una brisa fresca corre por la galería tratando de llevarse alguna cosa de la mesa o tal vez tan solo quiere despertarnos, hacernos reaccionar. Todas y cada una de nosotras se estremece, nos miramos y Mercedes sugiere tomar el café al sol en el jardín porque está empezando a sentir frío. Asentimos en silencio.
Y casi sin darnos cuenta, empezamos a charlar de pavadas. Disfrutando de las tortas de la Negra, del exquisito café que nos trae en un termo que tiene guardado especialmente para cuando vamos ya que sabe que como buenas chicas de ciudad podemos tomar litros y litros.
Todo es muy irreal. Las cuatro contándonos la última película que vimos u obra de teatro, la reciente pelea con el jefe, la nueva gracia de
A la distancia pasa José hacia las caballerizas y Agustina le pregunta si el teléfono funciona. “No, está desconectado”, contesta.
Al unísono las cuatro nos levantamos, sin saber muy bien por qué, a dónde ir ni qué hacer, cuando unos bocinazos suenan por el lado de
Mercedes sube corriendo a su cuarto y empieza a armar el bolso repitiendo mónotona y rítmicamente: yo me voy a casa… me quiero ir a casa… yo me voy a casa. Mientras Rosario intenta calmarla, Agustina y yo nos miramos tratando de delinear alguna explicación a todo este desquicio. ¿Dónde está Lucía? ¿Para qué nos llamó?
Suena un teléfono. Esta vez es el mío. Del otro lado se escucha la voz de Lucía casi imperceptible, agotada y agobiada:
- Por favor, no se vayan, las cosas se complican minuto a minuto. Calculo llegar a casa a la noche tarde. Las necesito más que nunca. Perdón.
Y después de estallar en llanto y sin llegar yo a decir nada, corta.
Golpean a la puerta de nuestro cuarto. Mercedes grita. Rosario se sobresalta y tira la mesita de luz con todo lo que hay en ella. Agustina y yo estamos paradas en el medio de la habitación, petrificadas mirándonos. Alguna de las dos va a tener que ir a abrir. Agustina estira su mano y dice:
- piedra, papel o tijera…
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Texto: Laura Ramírez Vides


