Según el Diccionario de la Real Academia Española (del latín prodigîum):
1. Suceso extraño que excede los límites regulares de la naturaleza.
2. Cosa especial, rara, primorosa en su línea.
3. Milagro, hecho de origen divino.
4. Persona que posee una cualidad en grado extraordinario.
Vuelven a golpear a la puerta. Con Agustina, más allá de cuál sea el juego, siempre pierdo; y obviamente hoy no iba a ser la excepción, no tenía por qué serlo.
Tomo aire bien profundo. Me acerco a la puerta. Las miro a las tres y finalmente abro. José, blanco como el papel, temblando con la boina en la mano y este hombre corpulento a su lado.
- Doña Malena, le presento al señor Enrique. Necesita hablar con ustedes. Yo tengo muchas cosas que hacer. Los dejo.
Y nos dejó nomás. Ahí, parado este señor Enrique, alto, corpulento, grandote; podía sospecharse un cuerpo musculoso, muy trabajado. Gesto adusto, cara seria, impone… miedo más que respeto. Ojos oscuros, tez muy blanca, pelo corto azabache y bigotes prolijamente recortados. Esa clase de hombre que uno preferiría no conocer en toda la vida. El pasado de una nación marca a sus habitantes, dicen. No sé si es cierto, pero lo que sí sé es que cuando miro en esos ojos negros, las imágenes que pueblan mi mente y las sensaciones que embargan mi cuerpo no sólo no me gustan sino que son por demás desagradables.
Vidente. Sí, esa es mi habilidad de bruja. No siempre, no todo el tiempo. Veo cosas que otros no, o escucho no lo que la gente dice sino lo que en realidad piensa; clarividencia y clariaudiencia. No es fácil.
Instintivamente pido ayuda a todos los ángeles que estén disponibles. Sí, también creo en los ángeles. De ninguna manera quiero que entre en nuestro cuarto. Y si es por mi pedido de auxilio o porque él ya lo tenía decidido, no lo sé, pero gracias a quien corresponda este señor rompiendo el silencio dice:
- Las espero en el living. Por favor, traten de calmarse y bajen pronto. Tenemos que hablar.
Cierro la puerta. Mercedes se larga a llorar. Rosario tiembla como una hoja. Agustina empieza a reírse a carcajadas. Apoyada mi espalda contra la puerta me deslizo hasta terminar sentada en el suelo. No sé cuánto tiempo estuve así ni sé cómo fue que de repente Mercedes y Rosario se habían duchado y tranquilizado y Agustina está acariciándome el pelo mientras dice:
- Malena, dale… volvé, tenemos que bajar. Vinimos, no hay vuelta atrás. Estamos acá así que hay que enfrentar esto de una buena vez. Sea lo que fuere.
Actriz tenía que ser. No puede simplemente gritar “a comer”. Y no.
La Negra me saluda tímida y cariñosa como siempre. La casa está hermosa y cuidada como de costumbre pero el silencio nos está matando a todas. Silencio que es interrumpido por los retos de Mercedes:
- Claro. Siempre hacés lo mismo. Desaparecés sin decir a donde vas y nos dejás solas. Claro, cuanto está listo el almuerzo venís. Pero no es justo que nosotras arreglemos todas tus cosas. Así que les dije a las chicas y especialmente a la Negra que dejara tu bolso en el pasillo y que vos te arregles. Ya sos grande y deberías ser más considerada. Todas estamos nerviosas y confundidas. Así que lo mejor es que nos acompañemos y nos mantengamos juntas.
- Sí, mami, murmuro.
Comentario que a las chicas les causa gracia pero a Mercedes no. Y sigue protestando un buen rato más hasta que la interrumpo en el mejor tono que puedo o me sale:
- Perdón, ¿ya terminaste con tu ataque de madre nuestro de cada día? Porque no sé vos, pero yo tengo hambre y el asado se enfría.
La mesa esté puesta en la galería grande frente al ventanal del living. Desde allí se ve claramente la pileta y a la izquierda se sospecha la cancha de tenis. Antes de que se retire, después de asegurarse que no nos falte nada, como al pasar le pregunto a la Negra por los chicos. Con una extraña expresión en la cara contesta secamente “no están” y desaparece antes de que alguna de nosotras pueda hacer algún comentario.
Los chicos… Javier y Francisco. Dos galancitos adorables. Tienen once y nueve años. Super educados, chicos divertidos, vagos, dulces. Es un placer tenerlos cerca. A mí me encanta charlar con ellos, inventar juegos; nos reímos tanto juntos…
El asado está riquísimo, es un claro día de sol, la arboleda ya empieza a teñirse de distintos colores, ocres, marrones, amarillos mostrando la llegada del otoño. Una brisa fresca corre por la galería tratando de llevarse alguna cosa de la mesa o tal vez tan solo quiere despertarnos, hacernos reaccionar. Todas y cada una de nosotras se estremece, nos miramos y Mercedes sugiere tomar el café al sol en el jardín porque está empezando a sentir frío. Asentimos en silencio.
Y casi sin darnos cuenta, empezamos a charlar de pavadas. Disfrutando de las tortas de la Negra, del exquisito café que nos trae en un termo que tiene guardado especialmente para cuando vamos ya que sabe que como buenas chicas de ciudad podemos tomar litros y litros.
Todo es muy irreal. Las cuatro contándonos la última película que vimos u obra de teatro, la reciente pelea con el jefe, la nueva gracia de la nena. Las cuatro en el jardín de la estancia de Lucía. Sin Lucía, sin los chicos, sin formular ninguna pregunta y sin tener, definitivamente ninguna respuesta. Cuando, oh sorpresa, suena un celular. El de Rosario. Un candidato del que se deshace prontamente. Y en ese momento nos damos cuenta que desde que llegamos no sonó el teléfono. No es que esperáramos ningún llamado en especial. Todas tenemos teléfonos celulares y desgraciadamente estamos acostumbradas a verlos quietitos casi inmutables sin sonar, sino que lo habitual en la casa de Lucía es que el teléfono suene constantemente. Hoy no.
A la distancia pasa José hacia las caballerizas y Agustina le pregunta si el teléfono funciona. “No, está desconectado”, contesta.
Al unísono las cuatro nos levantamos, sin saber muy bien por qué, a dónde ir ni qué hacer, cuando unos bocinazos suenan por el lado de la tranquera. José vuelve corriendo y un hombre que hasta ahora había sido una silueta, una sombra siempre presente pero distante, que en principio creí sería algún peón nuevo, se para frente de la casa con un fusil en mano y con firmeza se dirige a José ordenándole que nadie puede pasar salvo que sea la Señora. A nosotras nos ordena ir adentro de la casa. La última en entrar es Agustina que llega a ver una camioneta del tipo Pathfinder de la que bajan cuatro hombres.
Mercedes sube corriendo a su cuarto y empieza a armar el bolso repitiendo mónotona y rítmicamente: yo me voy a casa… me quiero ir a casa… yo me voy a casa. Mientras Rosario intenta calmarla, Agustina y yo nos miramos tratando de delinear alguna explicación a todo este desquicio. ¿Dónde está Lucía? ¿Para qué nos llamó?
Suena un teléfono. Esta vez es el mío. Del otro lado se escucha la voz de Lucía casi imperceptible, agotada y agobiada:
- Por favor, no se vayan, las cosas se complican minuto a minuto. Calculo llegar a casa a la noche tarde. Las necesito más que nunca. Perdón.
Y después de estallar en llanto y sin llegar yo a decir nada, corta.
Golpean a la puerta de nuestro cuarto. Mercedes grita. Rosario se sobresalta y tira la mesita de luz con todo lo que hay en ella. Agustina y yo estamos paradas en el medio de la habitación, petrificadas mirándonos. Alguna de las dos va a tener que ir a abrir. Agustina estira su mano y dice:
La Soñada fue hace tiempo una de las estancias más importantes de la provincia de Buenos Aires. Ahora es sólo un campo que debido a sus dimensiones, no más de 60 hectáreas, no sirve para ningún tipo de explotación económica. Pero es maravilloso poder disfrutarla.
Lo que antes fuera el casco de la estancia es ahora la casa de Lucía. Estilo colonial español. Una amplia galería con columnas abrazadas por rosales rodea la casa. Blanco, las paredes internas y externas son puramente blancas, pisos de madera, grandes puertas, techos altos. El hogar a la leña que domina todo el living comedor es uno de los lugares especialmente fascinantes para mí.
Amplia cocina–comedor diario. Un escritorio casi tan grande como mi departamento de dos ambientes, con bibliotecas de pared a pared, del piso al techo, con esas ridículas pero funcionales escaleras con rueditas.
En la planta alta están los dormitorios, el principal en suite con balcón terraza, el de los chicos también en suite, y dos habitaciones para visitas comunicadas por un baño.
Los jardines, eternamente verdes más allá de la época del año, se pierden en la arboleda que a la distancia rodea el lugar. Cancha de tenis. Pileta casi olímpica. Y más allá de la arboleda las caballerizas, las casas de los peones y al fondo, la laguna.
Definitivamente, es un lugar que hace honor a su nombre. Es realmente soñado. Aunque semejante “perfección” siempre me pareció un poco siniestra. Cada vez que tenía esa sensación la aducía a un dejo de envidia ante una vida tanto más distendida que la mía, soñada… para mí, pero real para mi amiga Lucía.
¿Qué nos deparará este fin de semana? Tal vez sea menos grave de lo que imaginamos, si es que acaso nos imaginamos algo.
Seguimos en el auto en silencio, escuchando una radio indefinida que pasa sólo música melódica y ninguna noticia salvo la hora y la temperatura.
Finalmente llegamos, la tranquera cerrada y el cartel de La Soñada frente nuestro, nadie se mueve ni baja del auto. Si bien la negación no es nuestro estilo, en el fondo ninguna quiere saber realmente qué pasó o está pasando. Otra vez el miedo. Y este es sólo el comienzo.
Ahí viene José en su petiso alazán, siempre atento, con su vasto bigote, su boina, bombachas y alpargatas negras. Pañuelo rojo al cuello. Un verdadero paisano. Callado, correcto, con una sonrisa pícara que invita a la fantasía. Nos abre la tranquera y cuando paso a su lado, bajo la ventanilla para saludarlo esperando el acostumbrado cabeceo que es su forma de decir “hola” cuando sorpresivamente se saca la boina y me dice:
- Doña Malena, la señora salió, pidió que por favor la esperen. El almuerzo va a estar listo en un rato. La Negra está en la casa grande para ayudarlas a acomodarse.
No sé por qué pero instintivamente me bajo del auto, él de su caballo y agrega casi en un susurro:
- Usted no diga nada pero estoy preocupado, la señora no está nada bien.
Fantástico, pienso. Les pido a las chicas que alguna de ellas entre el auto y me voy caminando en silencio con José hacia la casa grande, como él la llama. Rodeados de perros, con el alazán detrás nuestro, el caserón delante y esos jardines maravillosos enmarcándolo todo. Olor a pasto recién cortado; uno de los aromas que más amo porque me recuerda a mi niñez en el campo de mi padre, a esos años felices, seguros, tranquilos donde la mayor preocupación del día era decidir a qué jugaba. La arboleda meciéndose con el viento. No quiero llegar a la casa, así que me voy con José a donde están preparando el asado. Y ahí me quedo, tomando mate en silencio, añorando mi infancia, evocando a mi padre y haciéndome una panzada de olores, aromas, sonidos y recuerdos, hasta que se hace la hora de comer.
Según el Diccionario de la Real Academia Española (del latín prodigîum)
1.Suceso extraño que excede los límites regulares de la naturaleza.
2.Cosa especial, rara, primorosa en su línea.
3.Milagro, hecho de origen divino.
Persona que posee una cualidad en grado extraordinario.
Hola. Soy yo, Lucía. Necesito que vengan a casa. Vos y las chicas. Es importante. Por favor, encargate de buscarlas. No sé qué hacer, las necesito. Les pido mil disculpas pero no puedo confiar en nadie más que en ustedes. Traigan ropa como para quedarse todo el fin de semana. Las espero al mediodía. Te quiero mucho. Tut-tut-tut-tut.
Jueves Santo. 8 de la mañana. Esta no es justamente la forma de empezar un fin de semana largo. Es más, no es ni remotamente como lo había planeado. ¿Que Lucía llame llorando, no me deje hablar y simplemente corte después de pedir ayuda? Definitivamente algo grave está pasando. Lucía siempre ha mantenido una postura autosuficiente, ella no necesita de nadie; ni siquiera le resulta fácil aceptar algo de otra persona. Si bien sé –sabemos- que es una postura, de todas formas es realmente preocupante un grito de auxilio tan explícito.
Así que totalmente shockeada, me sacudí el asombro y empecé a organizar lo que Lucía me había pedido. En menos de una hora había hablado con las chicas. Las chicas… con nosotras se aplica perfectamente el dicho “Dios las cría y el viento las amontona”. Nosotras preferimos autodenominarnos “el coven” que es como se llama en inglés a un grupo de brujas. Y sí, cada una a su modo es un poco brujilda. Y todas reconocemos serlo. ¿Nuestras habilidades? Tiempo al tiempo.
El lazo que nos une es tan fuerte que si bien cada una ya tenía previamente organizado su fin de semana, dejamos de lado lo arreglado e hicimos lo necesario para estar a las 10 de la mañana tomando la autopista hacia la estancia de Lucía.
Nunca supe explicar muy bien cómo fue que nuestra amistad fue creciendo, alimentándose y fortaleciéndose de tal manera. Somos tan distintas.
Mercedes. Esposa y madre de familia. Ella es… buena; jamás piensa mal de nadie, siempre justifica al mundo y su candidez ante la vida más de una vez nos ha sacado de quicio; pero es casi imposible permanecer enojada con ella más de tres minutos.
Rosario. Madre soltera por decisión y elección. Mujer con una fortaleza y determinación que realmente asusta. El sex-symbol del grupo. Una verdadera máquina de levantar hombres. Los hecha, los maltrata y ellos siguen persiguiéndola; todos menos el que a ella le interesa, obviamente.
Agustina. Una mujer independiente, con mucha vida vivida, actriz, que disfruta de cada instante con tal intensidad que no resulta fácil para quien quiera acompañarla sin por eso correr el riesgo de desintegrarse en el camino.
Y yo, Malena. Originalmente el nexo entre todas ellas. Lucía fue mi concuñada siglos atrás; Mercedes, compañera de secundaria y hermana postiza; a Rosario la conocí en la Universidad y con Agustina trabajamos en el mismo lugar.
Recién me había separado cuando empezamos a juntarnos; como estábamos todas solas, tratábamos de hacer “algo” aunque más no fuera una vez por semana. Cine, teatro, ir a algún pub, tomar un trago, escuchar algún grupo tocar, de vez en cuando ir a bailar, o simplemente juntarnos en la casa de alguna a compartir una muy buena comida, video y charla hasta al amanecer.
A la primera que perdimos fue a Mercedes; se casó. Pero de todas formas seguimos encontrándonos con ella al menos una vez al mes. Su marido es un gran cocinero, así que nos deleita con algún manjar y después desaparece para dejarnos solas; incluso fue haciéndose cargo de los niñitos a medida que entraron en nuestras vidas para que Mercedes pueda charlar con nosotras como en los viejos tiempos. Una verdadera joyita el hombre.
Más o menos para la misma época Lucía también se casó. Pero su caso es diferente. Por trabajo su marido pasa la mayor parte del tiempo viajando. Es un ejecutivo moderno con una carrera brillante, lo que le asegura a Lucía algo más que un buen pasar, a la vez que muchísimas noches de soledad. Tiene mucama, niñera y cocinera; así que siguió saliendo con nosotras a pesar de haber cambiado de estado civil y de haberse convertido en madre.
En cuanto a Rosario, Agustina y yo. En forma alternada, a veces consecutiva, otras simultánea; hemos tenido todo tipo de relaciones; cortas, largas, interrumpidas, reincidentes, con casados, divorciados, solteros, hombres mayores, de nuestra edad, inclusive algún que otro mozuelo ha pasado por nuestras vidas. Pero en este momento, las tres estamos solas.
Y junto con Mercedes, las cuatro vamos en mi auto a la casa de Lucía, embargadas por la intriga, llenas de preguntas compartiendo un silencio que da una sensación tan intensa de frío que empieza a doler. Por favor, que alguien diga algo! No sé por qué no puedo hablar, decir cualquier pavada; supongo que me da miedo. Todo esto me asusta. ¿Qué pasó, qué estará pasando? Mejor prendo la radio.
Soy traductora y escritora, nací en el año 1966 en Buenos Aires, Argentina. Traduje la obra “Espejos Empañados” de Eric Peterson en 2000, puesta en escena en Buenos Aires ese mismo año. He sido publicada en las revistas La Pared Literaria (2001) y Oblogo (2009); así como en los blogs Químicamente Impuro, El Onirógrafo, Breves no tan breves, Ficciones argentinas y DeGlozel. Integro la antología “Grageas 2, más de cien cuentos breves hispanoamericanos”, DLG Desde la Gente, ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (primavera de 2010); formo parte del "Libro Vivo" realizado por las editoriales )el asunto(, La CRIA y Milena Caserola, en el marco de la muestra "Espejos, el camino incierto al país de las maravillas" en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (invierno de 2012), de "¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género!", Macedonia Ediciones (invierno de 2013) y de la antología de ciencia ficción "Primeros Exiliados", Tahiel ediciones (primavera 2013).
Llevo adelante este blog, El patio de la Morocha, donde obras de artistas nacionales y extranjeros acompañan a mis textos.